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De la Cuenca a Ferro: los hermanos Castillo volvieron para compartir lo aprendido

Joaquín y Nahuel Castillo dieron sus primeros pasos en el vóley santacruceño y hoy juegan en Ferrocarril Oeste. Regresaron a la Cuenca Carbonífera para participar de un campus con jóvenes de distintas localidades y acercar algo de ese recorrido que los llevó hasta uno de los clubes más importantes del país.


Hay algo especialmente potente en volver al lugar donde empezó todo. Más todavía cuando se vuelve con una historia para contar y, sobre todo, con algo para compartir.

Nahuel y Joaquín Castillo crecieron jugando al vóley en la Cuenca Carbonífera y hoy forman parte de Ferrocarril Oeste, en Buenos Aires. Esta semana hicieron el camino inverso: regresaron a Santa Cruz para participar de un Campus Integrativo junto a jóvenes de distintos puntos de la provincia.

Durante dos días hubo entrenamientos, charlas, prácticas y partidos. La propuesta fue organizada por la Secretaría de Estado de Deportes, con el acompañamiento de YCRT, y sumó también a jugadores y profesionales de Ferro: preparador físico, nutricionista y kinesiólogo.

La idea fue sencilla: acercar a los chicos santacruceños las formas de entrenamiento y trabajo que se utilizan en el vóley de alto nivel.

Volver a la cancha donde empezó todo

Para Nahuel, el campus tuvo además un componente personal. Su historia con el vóley comenzó en la Escuela Municipal Dante Cantaruti, mucho antes de mudarse a Buenos Aires.

Un entrenador lo vio jugar, lo invitó a una prueba y apareció la oportunidad de sumarse a Ferro. Su hermano Joaquín ya llevaba dos años en el club y fue una pieza importante para acompañarlo en ese salto.

Hoy Nahuel, después de un año y medio viviendo en Buenos Aires, integra las categorías Sub-18 y Sub-21 y ya tuvo la posibilidad de jugar en Reserva. Joaquín compite en Sub-21 y en División de Honor.


Los dos tienen ahora otro objetivo por delante: la posibilidad de llegar a disputar la Liga de Vóley Argentina, la A1.

Pero esta vez no volvieron para hablar solamente de lo que consiguieron.

“Fue maravilloso volver a mi pueblo para brindarles los conocimientos y experiencias adquiridas tanto en el club como en la vida”, contó Nahuel.

Durante el campus observaron partidos, corrigieron movimientos y compartieron técnicas de entrenamiento. Aunque, para él, lo mejor ocurrió cuando desaparecieron las diferencias entre quienes enseñaban y quienes aprendían: “Pudimos jugar entre todos y eso considero que fue lo más positivo”.

Desde acá también se puede

La historia de los Castillo tiene una particularidad difícil de pasar por alto para quienes participaron del encuentro: ellos empezaron ahí.

No llegaron desde Buenos Aires para explicar una realidad lejana. Conocen las distancias, las horas de entrenamiento y lo que implica intentar crecer deportivamente desde una localidad del sur de Santa Cruz.

Nahuel lo resume como un camino de “mucho esfuerzo y sacrificio”. También recuerda a su mamá y a Joaquín como quienes le enseñaron desde chico a querer el vóley.

Incluso relativiza una de esas ideas que suelen aparecer cuando alguien imagina hasta dónde puede llegar en este deporte: la altura.

“Ser alto resulta importante”, reconoce, pero advierte que no define todo. El salto, la inteligencia para jugar y la destreza también pueden marcar diferencias.

El campus terminó después de dos jornadas intensas, pero los Castillo esperan que no quede como una experiencia aislada. Nahuel planteó que encuentros y clínicas similares podrían repetirse, incluso en otras disciplinas, para que más jóvenes tengan contacto con deportistas y profesionales que compiten en otros niveles.

Quizás ahí estuvo lo más interesante de su regreso.

Joaquín y Nahuel se fueron de la Cuenca buscando crecer en el vóley y volvieron convertidos en una referencia para quienes hoy entrenan en las mismas canchas. Una forma bastante concreta de mostrar que el camino hacia los grandes escenarios también puede empezar bien al sur.