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Los teros ayudan a entender cómo están cambiando las migraciones

En Río Gallegos, un proyecto estudia a los teros para conocer cómo los cambios en las temperaturas pueden alterar sus viajes, la disponibilidad de alimento y la reproducción. El seguimiento busca responder una pregunta mayor: si migrar miles de kilómetros sigue ofreciendo a las aves las condiciones que necesitan.

Hay viajes que se repiten generación tras generación. Aves que salen de un punto, atraviesan países enteros y vuelven cada año prácticamente al mismo sitio. Algunas llegan a la Patagonia después de recorrer distancias difíciles de imaginar.

Pero encontrar el camino no necesariamente significa encontrar lo mismo al llegar.

Esa es una de las preguntas detrás de Migraciones Animales en un Mundo Cambiante, un proyecto del que participa Gonzalo Bravo, estudiante de Ingeniería en Recursos Naturales Renovables y técnico de campo. En Río Gallegos, una parte de ese trabajo tiene como protagonista a un vecino bastante conocido: el tero.

“Hay muchos proyectos en el mundo destinados a ver cómo van cambiando las migraciones de las aves”, explicó Bravo en diálogo con LU14 Radio Provincia. Algunas especies realizan recorridos extraordinarios: parten desde Alaska, atraviesan Estados Unidos, hacen escalas en México y continúan hacia Sudamérica. Y muchos de esos puntos de descanso se repiten año tras año.

Llegar en el momento equivocado

El problema aparece cuando el ave mantiene su calendario, pero el ambiente cambia el suyo.

En Río Gallegos, los investigadores están observando qué sucede con los teros frente a las variaciones de temperatura. Estas aves dependen, entre otras cosas, de los insectos para alimentarse. Y encontraron una situación que abre nuevas preguntas: esos insectos pueden aparecer antes de que lleguen las aves.

“Los insectos están naciendo mucho antes de lo que llega el tero”, explicó. De esa manera, el momento de mayor disponibilidad de alimento puede dejar de coincidir con la llegada del ave y, posteriormente, con el nacimiento de sus pichones.

Parece una diferencia pequeña. Unos días, algunas semanas. Pero para una especie que organiza parte de su ciclo de vida alrededor de esos tiempos, puede significar mucho.

Huevos, insectos y años de información

Para saber qué está ocurriendo, el trabajo empieza cuando aparecen los primeros teros de la temporada.

El equipo localiza los nidos, mide los huevos y realiza pruebas para determinar cuánto tiempo llevan de incubación. También coloca trampas sencillas para recolectar insectos y analizar posteriormente qué alimento está disponible en el lugar. Paralelamente utilizan huevos artificiales para registrar la presión de los depredadores sobre los nidos.

Las mediciones se repiten año tras año.

El tamaño de los huevos, por ejemplo, puede aportar información sobre la alimentación de las aves. “En una disminución del tamaño del huevo podemos determinar tal vez que hay una deficiencia en la alimentación”, señaló Bravo.

El equipo ya reúne entre tres y cuatro años de registros. Y hay una particularidad que ayuda a comparar: los teros suelen regresar a los mismos sitios para nidificar. En Río Gallegos incluso tienen identificados ejemplares que vuelven a lugares conocidos de la ciudad, como el sector de Ambiente Sur y el Perito Moreno.

Una pregunta mucho más grande que el tero

Toda esa información intenta acercarse a una cuestión difícil de responder.

“Queremos saber si estas migraciones que realizan las aves desde Europa hasta la Patagonia o desde Norteamérica a la Patagonia siguen siendo una adaptación que les favorece”, explicó Bravo.

Dicho de otra manera: ¿sigue valiendo la pena recorrer miles de kilómetros si aquello que el animal espera encontrar al final del viaje está cambiando?

La pregunta aparece en un escenario atravesado por el cambio climático y por las modificaciones humanas sobre los ambientes. Para algunas especies, las rutas construidas y transmitidas durante generaciones podrían enfrentarse a condiciones diferentes de aquellas bajo las cuales se originaron.

El proyecto comenzó a desarrollarse localmente en 2023. Ocho estudiantes participaron inicialmente del trabajo junto a investigadores vinculados a una iniciativa nacida en Europa. Al año siguiente, Bravo y Antonella Ahumada quedaron a cargo de darle continuidad en Río Gallegos, incorporando también a otros estudiantes que realizan sus prácticas de campo.